Las
mujeres hablamos desde nuestras agallas. Desde nuestras vísceras. Desde ese
lado izquierdo que esta encubierto por una especie de volcán que provoca
pasión. Por eso es que algunos hombres nos llaman “locas”, otros nos dicen “cursis”,
y uno que otro espécimen cuando se atraviesa con el auto nos llama “viejas
pendejas”, sin recordar que, de una de esas “pendejas” nacieron.
Y
es que a nosotras nos da por hablar: en público, por teléfono, en la sala cuando
todos están viendo televisión, en el baño, en el auto, en la ducha, en el salón
de belleza, en el antro, en la oficina…y así, puedo enumerar un sinfín de
escenarios donde nos acomodamos libremente para ser las mejores exponentes de
cualquier tema. Ah, pero además, lo hacemos con gracia, con nuestra mejor pose.
Tenemos pose para todo: (Hollywoodense) recargadas en la pared con una pierna
detrás de la otra y la mano en la cintura. (Cleopatra) acostadas en el sofá con
una mano en el celular y la otra con el control de la televisión o fumando un
cigarrillo. (Antrera) sentadas cómodamente en la silla, con una pierna cruzada,
cigarro en mano, y tirando bocanadas de humo hacía donde no le afecte a ninguno.
(Chef) cocinando, sin mirar a nadie, poniendo sal y pimienta, yendo de la
estufa al refrigerador. (Intelectual) sentadas sobre la cama, con un libro en
la mano, respondiendo un atinado sí, o no, al marido cuando éste nos cuenta su sacra rutina. Quizá
sea eso lo que muchos hombres no toleran, que nosotras sí podemos hablar y
discutir al mismo tiempo.
Y
es así, con algunas de estas poses, que ciertas mujeres nos narran sus
historias, sus sueños, sus inquietudes, o simplemente nos comparten algo de su
propio mundo.
Ofe
Tengo
dos hijas, una de nueve y otra de doce. Orita
que acabe con la cocina, me sigo con los cuartos.
La
pequeña se queda un ratito con mi hermana, luego la lleva a la escuela. La
grande ya la metí a trabajar. Ya no quiso estudiar. Mi hermano me dijo: “pus si
no quiere, que le haces, mejor que trabaje, no sea que luego te salga con una
tarugada”. Y es que ya la había metido a estudiar algo de belleza, de eso de
hacer peinados y cortes de pelo. Le pagaba trescientos pesos en la academia pa
que aprendiera. Pero luego, un día, que me pregunta mi hermano: “¿Y tu hija,
qué hace?” Está estudiando en la academia de belleza, le digo. “Cuál academia,
si yo la miré, ahí anda con las amigas en el zócalo, nomás dando de vueltas”.
¿Uste cre?, y yo pienso que nomás me iba yo a trabajar y ella se salía con las
amigas. Luego que me dijo eso mi hermano, que le pido permiso a la señora onde
trabajaba ese día, y que me voy pa la academia. Le digo a la maestra que le
vengo a pagar el mes, y luego me pregunta: “¿y el otro mes?”, “pues si ya se lo
mandé con mi’ja”, le digo. “Pues si su hija no ha venido”. ¡Cómo!, si yo ya le
mandé el dinero con ella. Y la buscaba, y la buscaba, pero no la veía. Entonces,
que me salgo derechito pal zócalo, allí seguro que debe andar con las amigas,
pensé. Y me subí arriba de la zotea del palacio municipal, desde allí bien que
se veía todo el zócalo. Aquí la tengo que ver. “¿Viene ver unos papeles?”, me dijeron unos señores. “Sí, vengo ver unos papeles”. Allí me estuve mucho
tiempo, ya me dolían los pies de tanto estar parada mirando pa abajo. Y luego
de mucho rato, ya no aguanté y mejor me baje. Y que veo sus amigas, “orita le
van avisar”, yo dije. Y que corro atrasito de ellas y que la veo mi hija, dándole de besos a su novio. ¡Qué estás
haciendo aquí, y con un novio, tas muy chiquita pa tener novio!, ¡no digo que
no, pero ahorita estás chica! Además yo te mando estudiar. Ya me dijo la maestra que no le
pagaste el otro mes pasado. “Si se lo pagué”. Ora, ¿quieres ir a ver la maestra?,
ándale, vamos y le dices en su cara. Hasta que le saqué la verdá. Le había
prestado el dinero a su amiga, que porque necesitaba comprarse unos zapatos.
Ándale, ora vamos a la casa de tu amiga. Y que vamos. Que nos abre la puerta su
amiga, y que le digo que le llamara su
mamá. “No está”. ¡Cómo no, ándale llámale tu mamá! Y no quería, hasta que le
grité y ya salió. Que le digo del dinero. ¿Está diciendo verdad?, ¡Contesta! Y
que le digo también que no iba la escuela. Que se la cachetea. Y luego, que me
devuelve mi dinero.
Orita
voy tender la ropa, nomás acomodo los trastes.
Por
eso mejor le dije mi’ja, ¿ora qué vas hacer?, “mejor voy a trabajar”. Y que la
meto a trabajar en la fábrica. Está mejor. Así no me sale como la hija de mi
vecina. Que según se iba a la escuela y su mamá la consentía y todo le compraba
y además le pagaba la escuela, ese que le dicen el bachiller. Ella también
trabaja en casa, como yo, y se iba bien temprano, entonces ni cuenta se daba
que la hija se salía con el muchacho. Cuando lo supo es que ya estaba embarazada
y tenía cuatro meses. Ay el señor, su papá se amuinó tanto que hasta se enfermó
y lo llevaron el hospital.
Aquí
le pongo sus medecinas en este mueble.
También
a mi hermana le hicieron lo mismo, pero ella fue su hijo, estudiaba la
secundaria. Ella era sola, como yo. Y se iba todos los días a trabajar pa
pagarle los estudios a su hijo. Y también le daba dinero que él le pedía pa lo
que fuera. Y luego, decía que se iba a la escuela, pero se salía con los amigos
y las novias y no entraba a la escuela. Ya le habían mandado traer su mamá, y
no le daba los recados a mi hermana, hasta que ya un día le dijeron que ya no entraba
nunca hasta que trajera su mamá. Como le
dio miedo, le dijo a mi otra hermana que por favor juera a la escuela y que no
le dijera a su mamá de él. Pero mi hermana pensó que era algo malo y le dijo
que no. Entonces le dijo todo a su mamá. Y luego luego que va mi hermana a la
escuela, y delante de él que le dicen que tenía meses sin entrar a la escuela,
y mi hermana que les pide sus papeles y que lo saca de la escuela. “Ora, si no
quieres estudiar, te vas a trabajar con tu tío de albañil”, que le dice, y
luego, al otro día, que lo lleva con mi hermano pa que trabajara de albañil. Y
ese día llegó bien cansado que ya ni cenó, se tiró en la cama y se quedó
dormido. Pero luego, le dijo su mamá:
“el dinero va ser todo pa mí, de lo que gane”, “¿Ah, sí?, le dijo mi hermana,
“Ora voy a hablar con tu tío pa que me lo dé a mí, porque ora me vas a pagar
todo lo que yo te di”. Y que se va mi hermana bien temprano pa decirle a mi
hermano que le diera el dinero a ella. Dice que el pobre muchacho le salían
ampollas en las manos. Luego de unos días, le pidió perdón su mamá, y le pidió
otra oportunida, pero no, mi hermana dijo: “que sufra otro ratito”, y no le perdonó
luego. Ya cuando una vez el muchacho se le hincó y le lloró, entonces lo
perdonó y lo volvió a la escuela. ¿Ora, viera que ya hasta es ingeniero?, se
casó y tiene su familia y una casa rete bonita. Y le agradece rete arto su
mamá. Y le dice mi hermana: “ora dame tú todo lo que ganas” “No, pues si es pa
mantener mi esposa y mis hijos”, le dice.